Toponimia

Parece ser que los orígenes del nombre de la localidad se remontan siglos atrás y con motivo de ser lugar de paso de viajeros que iban por el camino de Alcalá de Henares a Segovia, cuando un viejo apicultor empezó a ofrecer alojamiento a los viajeros, optando algunos de ellos por asentarse en la zona y dando lugar así a una aldea que tomó como nombre el de referencia para los viajeros, «el colmenar del viejo», que iría evolucionando en lo que hoy se conoce como Colmenar Viejo.

Historia

En el pequeño cerro que actualmente ocupa la ermita de Remedios se encontró en una fecha indeterminada un hito-terminal romano del siglo I, cuya posible finalidad fue la de demarcador imperial, probablemente de conventos jurídicos. La inscripción superior correspondería a las inciales de "Ter(minus) Avg(vstalis)", la inferior es difícilmente legible y muy posterior.4

Restos arqueológicos encontrados en la zona permiten confirmar la existencia de asentamientos en la zona desde el siglo VI. Tras la Reconquista de Madrid (Magerit), a finales del siglo XI, Alfonso VI creó un alfoz (dada la escasa población de la zona) con límites geográficos poco definidos dependiente de Madrid.
Estos límites poco definidos provocaron conflictos entre Segovia y Madrid durante más de un siglo hasta que
 Alfonso X el Sabio puso fin a estas luchas, incorporando estos lugares a la Corona. Desde entonces se denominó a este amplio territorio «el Real de Manzanares», que comprendía pueblos como Colmenar Viejo, Soto del Real, Hoyo de Manzanares, Miraflores, Navacerrada, San Agustín del Guadalix, etc.
No fue hasta un siglo más tarde cuando
 Juan I de Castilla adjudica definitivamente el Real de Manzanares a Pedro González de Mendoza (1340–1385). Pero sería al segundo hijo de éste, Íñigo

López de Mendoza (1398–1458), a quien con posterioridad se le concediera el título de Conde del Real de Manzanares.

En los siglos siguientes la localidad fue aumentando de población logrando el 22 de noviembre de 1504 la segregación jurisdiccional de Manzanares. Así, gracias a esta nueva categoría, Colmenar Viejo pudo disponer de toda una serie de insignias de castigo, como la horca, la picota, el cepo, la cadena y el azote, así como de una cárcel. Un lugar para estos fines quedó ubicado en el propio Ayuntamiento.

Sin embargo, uno de los aspectos más importantes de este nuevo estatus fue la posibilidad de tener dos alcaldes ordinarios, que tenían la potestad de ejercer la justicia en los dominios de su jurisdicción, sin la necesidad de tener que recurrir a la Villa de Manzanares.

Con ello, se consiguió poco a poco que la nueva villa lograra un mayor término municipal, y esto le permitió erigirse en el centro económico y administrativo del Señorío de Manzanares.

La mayor parte de su población estuvo dedicada a la agricultura y su evolución estuvo estancada hasta la segunda mitad del siglo XIX en que se crea un coso taurino (símbolo de modernidad para los lugareños de la época), una carretera que iba de Manzanares a Fuencarral pasando por Colmenar Viejo, línea de telégrafos y servicio de correo diario. De la mano de Arturo Soria se logró hacer llegar el primer convoy de Madrid a Colmenar Viejo, pasando por Chamartín, era el 30 de mayo de 1911. Su desarrollo continuaría con la acometida de aguas y energía eléctrica aunque la regulación del río Manzanares arruinaría los molinos y batanes que tanta importancia tuvieron para la economía colmenareña desde la baja Edad Media.